viernes, 22 de agosto de 2014

Educación especista

Escrito por  Xavier Bayle

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La manera en que educamos a las niñas tiene evidentes repercusiones en el estado de salud de la sociedad y en su propia salud. El especismo es, antes que un sistema totalitario, una doctrina.
"Dadme otras madres y os daré otro mundo"
                                                              
San Agustín
                                                                           EDUCACIÓN ESPECISTA
            Cuando nacemos, las humanas lloramos. Es normal, de un medio calentito y acogedor, a un frio repentino, manoseadas por la comadrona y con un par de sopapos en el culete... ¡como para no llorar!. Las humanas sin embargo lo hacen sin lágrimas. Hasta ponerse rojas y muy irritadas, pero sin lágrimas. Estridente e insistentemente... pero sin lágrimas. Porque el dolor y el sufrimiento no necesitan ese líquido salado para manifestarse. Las personas no humanas lloran también sin lágrimas, las de las no humanas están, aunque no se vean.
 Cuando tenía 8 años en el pueblo, me mandaban bien temprano al matadero local con un recipiente y le pedía a mi tio, el matarife, si me daba un poco de sangre. No se trataba de su propia sangre, por supuesto, sino la de los corderos que mataba. Entonces yo ponía la lechera bajo el cuello del animal atado con una cuerda por las cuatro patas, vencido de costado sobre un caballete de madera mientras él horadaba su yugular. Era preciso tener pulso para no mancharse con la sangre del inmolado mientras temblaba y se revolvía inútilmente sujetado de la cabeza por la mano verduga, para finalmente expirar.
 Después me iba a casa y allí se freía la sangre con cebolla. Y yo la comía con gusto recuerdo. Nunca me planteé nada al respecto, ni bueno ni malo. Era lo que había y se suponía que estaba bien que estuviera. Me enseñaron que matar era normal.
 En el mismo pueblo no pocas veces tuve que sostener por las patas traseras a conejos mientras alguien sujetaba sus orejas y le daba un golpe brutal en la nuca, para desvertebrarlo. El roedor moría en pocos segundos, entre convulsiones mudas o chillidos, luego estaban los burros, cerdos y vacas estabuladas de por vida, los perros gastados del pastoreo y la caza, ahorcados de los árboles, o las patas de los jabalíes ejecutados clavadas en las puertas. Con tales antecedentes no era de extrañar que al cumplir los veintitantos me pusiera a pescar, con caña. Hasta que un día decidiera pensar y sentir por mi misma y hacerme vegana. Me salve pensando, nos salvamos sintiendo.
 Del circo y el zoo no recuerdo impresiones, al circo ni siquiera recuerdo haber ido, de todos modos allí las maestras de la mentira maquillan penitenciarias y campos de concentración con música y entretenimiento, de modo que la educadora insensata puede llevar tranquila a las niñas al zoo y al circo en visitas escolares, no hay peligro para la infancia sensible porque la propaganda sabe disfrazar lo que sucede, pero al matadero ¿cómo diablos se lleva a una niña al matadero de visita educativa?. Impensable, allí sólo hay sangre. Mucha y por todas partes.
 No considero haber tenido la educación más especista del mundo, pero desde luego estoy muy lejos de haber tenido una buena educación, provengo de una época oscura, como muchas de nosotras, víctimas menores de educadoras cobardes y perezosas. Segundas víctimas, rigurosamente después de millones de desesperadas inocentes que murieron bajo el visto bueno de la sociedad, y que siguen haciéndolo porque las paredes de los mataderos son gruesas y la sociedad ignorante.
 Pero ¿quiénes fuimos realmente?, ¿quiénes nos hicieron ser?. ¿Eramos nosotras aquellas que mataban, o el reflejo de un espejo?. Me causa profundo asco lo que llaman educación, somos supervivientes de una educación especista, y probablemente también racista, homófoba, sexista y muchos otros “istas” intragables a día de hoy. Por eso somos más conscientes de que lo que le damos de mamar a las pequeñas se puede convertir en leche agria, de la que deja mal sabor. Para siempre.
 La culpa y la posibilidad de enmendarse van de la mano. Lo que está mal, está mal por más que se lo argumente, por más que se lo normalice. Y nadie, y menos una niña, debe sufrir el punto de vista de educadoras cortas de entendederas, adictas al sistema, afiliadas a un partido totalitario que usa logos cárnicos donde otras usan cruces gamadas.
 El perro para las intrusas y la soledad, el gato para los ratones y la soledad, las ocas para las plumas, las gallinas para los huevos, la vaca para la leche, el cerdo para el jamón, el toro para el ruedo, la vaquilla para los festejos, el zorro para su piel,... nuestra horrible condición verbal dicta que cada persona no humana tenga una función prescrita -con caligrafía de fuego y en el propio adn-, que inventamos para ellas junto con las cadenas que les decidimos.
 Hay madres que tienen hijas como inversión de futuro, no como forma de altruismo, esperando de ellas reciprocidad en la vejez. Es el capitalismo del amor, más interesado en los intereses recibidos que en la calidad de la persona generada. Un sistema degenerado y feroz que traslada una ley selvática basada en la superioridad de la menos escrupulosa frente a las personas sensopensantes. Se educa que las niñas deben escuchar la sabiduria de las ancianas, pero eso es sólo sería recomendable si dichas ancianas fueran capaces de venerar a una niña por su inocencia, por su pureza, por sus posibilidades... En lugar de ello las vendemos el fascismo especista montándolas a lomos de una vaca, de un burro, de un pony, fotografiándolas sobre un elefante condenado a circo, regocijándolas con el espectáculo de la destrucción contra las inocentes, empujándolas tres veces al día a tragar personas muertas de esclavitud, a beber sus flujos robados y a digerir sus menstruaciones, maltratándolas psicológicamente con la doble moral de las adultas, adoctrinándolas en la lucha con la patología del amor dominante y perverso, para que crezcan deformes y totalitarias y se parezcan a buenas ciudadanas de sociedades nazis.
 Educar es la más delicada de las artes, y no hay garantías de éxito, pero es clave esencial para construir espacios comunes sin víctimas. Donde no se matan cerdos no se matan disidentes, donde no se explotan vacas no se esclaviza mano de obra, donde no hay seres inferiores no hay seres superiores.

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